¿POR QUÉ TE AUTOSABOTEAS? EL PESO INVISIBLE DE LA CULPA Y LA VERGÜENZA
La culpa es una emoción compleja por sus maniobras subconscientes y efectos
perjudiciales en nuestra vida de no ser descubierta, reconocida y manejada apropiadamente.
Bertha Vasconcelos
Manejo de Emociones en la Mujer
Introducción
¿Alguna
vez has sentido que "algo anda mal" contigo, aunque tu vida parezca
estar en orden? A menudo, esa sensación es el resultado de un perfeccionismo
aprendido y una culpa subconsciente que opera en piloto automático. Detrás de
muchas de nuestras crisis, se esconden tres sentimientos corrosivos: culpa,
vergüenza y resentimiento.
Las emociones que dañan: Más allá del enojo
No cabe
duda de que existen emociones que nos dañan y que causan dolor a otros. Sabemos
que el enojo, la tristeza y el miedo son emociones adaptativas —es decir,
tienen una función de protección, sanar el dolor o estar alerta—; sin embargo,
de no manejarse adecuadamente, provocan daño a uno mismo y también a los demás.
Por
ejemplo, la frustración, la irritabilidad o la furia (diferentes modalidades
del enojo) pueden perjudicar a los que nos rodean e incluso a los desconocidos
que se atraviesan en nuestro camino. Estas son muy comunes en las grandes
ciudades, donde el estrés, la prisa y la baja tolerancia a la frustración se
apoderan de sus residentes. Pero también puede ser que las personas deprimidas
que no se están tratando, o que están pasando por un duelo, se muestren
hostiles, poco tolerantes y hasta groseras con sus seres queridos.
Considero
que, a diferencia de la rabia e irritabilidad que causan heridas en los demás
por la violencia emocional o física que pueden acompañarlas, hay tres
sentimientos que causan un gran daño a uno mismo: culpa, vergüenza y
resentimiento. ¿Por qué? Porque son extremadamente saboteadores en varios
niveles y aspectos, como la salud, la escuela, el dinero, las relaciones o el
trabajo, lo que impedirá que logremos nuestras metas, haciendo que el tiempo y
esfuerzo que invirtamos sean mayores a lo deseado.
El origen: La trampa del "Yo Ideal"
Nace en
la infancia, de aquellas normas que nuestros padres nos enseñaron sobre lo que
deberíamos ser y que, de no cumplir, seríamos castigados. Interiorizamos
(hacemos propias) las expectativas de los demás y nos creamos un yo ideal de
nosotros mismos y sus correspondientes deberías, como: “yo debería ser
perfecto, generoso, atractivo, complaciente, inteligente, bueno, amable,
prudente, etc.”. El niño o niña imagina que será abandonado, rechazado o
criticado cuando piensa que no ha cumplido con las expectativas de sus
cuidadores conforme a su Yo Ideal. Algunos padres exigen perfección y
establecen normas muy estrictas a sus hijos, quienes pueden convertirse en
perfeccionistas y conformarán un Yo Ideal con expectativas de sí mismos
demasiado altas.
¿Culpa o vergüenza? Aprende a distinguirlas
Nuestra
sociedad es culpígena; por lo tanto, nuestros padres y madres son culpígenos:
así aprendieron de sus padres, y así sucesivamente. Hay dos tipos de culpa o
culpabilidad. La primera es y ha sido necesaria para que el ser humano no
cometa crímenes. La culpabilidad sentida por haber hecho daño a alguien implica
reconocer la responsabilidad del hecho a fin de evitar lastimar a las personas
en lo sucesivo. La otra es la culpa que se siente por no cumplir con las
expectativas del Yo Ideal. De no actuar conforme a esa idealización de un ser
perfecto, los seres humanos nos "satanizamos".
Lo más
interesante es que no es fácil reconocer que sentimos culpa o vergüenza;
sabemos que algo anda mal, pero no es sencillo identificar en nosotros mismos
estas emociones. Así, ya sea la culpa o la vergüenza, se impedirá el logro de
nuestros objetivos y sueños. No es de extrañar que en ocasiones nos
preguntemos: “¿Por qué si deseo esto, y hago todo lo humanamente posible para
alcanzarlo, no lo logro?”. La respuesta radica en perdonarse.
- Culpa: Creemos que hemos
hecho algo malo. Nos
impulsa a castigarnos o "expiar", lo que nos predispone al
autosabotaje inconsciente (accidentes, fracasos, retrasos).
Cuando nos sentimos culpables creemos que hemos
hecho algo malo, por lo que nos estamos evaluando desde nuestra conciencia.²
Nos sentimos “malos”. Para algunos teóricos, la culpa se desarrolla desde que
somos bebés debido a la gran dependencia que existe con los padres para la
supervivencia. Ello origina una necesidad de aprobación de los cuidadores para
poder subsistir. Este sentimiento nos impulsa a expiar nuestra culpa, hacer
penitencia o castigarnos, por lo que nos predispone al autosabotaje.² El mayor
peligro radica en que puede ser tan inconsciente que buscamos castigo por el
mal que pensamos que cometimos y, en la mayoría de las ocasiones, no conectamos
la culpa con el incidente adverso (accidentes, fracasos, caídas, retrasos,
etc.). A veces no nos percatamos de que al cambiar de rumbo profesional o ser
firmes al fijar límites sanos en nuestras relaciones, podríamos creer que
estamos traicionando los valores impuestos por la familia o la sociedad, y
sentirnos culpables. La culpa es un sentimiento que acompaña a todos los
duelos, pero usualmente se trata de una culpa injustificada porque se refiere a
los "hubieras" que ya son imposibles. Las personas en duelo se
torturan con aquello que creen que debieron haber hecho o dejaron de hacer. Es
importante buscar la certeza de realidad en su actuación para que puedan
perdonarse y soltar la culpa. Nada, absolutamente nada, habría cambiado lo que
sucedió.
- Vergüenza: Es más profunda;
nos hace sentir que somos fallidos. Nos obliga a mantener "máscaras de
éxito" o niveles de vida insostenibles para no ser descubiertos.
Cuando sentimos vergüenza nos estamos evaluando por
el Yo Ideal.² Así lo arrastramos a la edad adulta cada vez que pensamos que no
hemos cumplido con sus expectativas, y podríamos sentirnos avergonzados por
algo, sobre todo si existe la más ligera sospecha de que tenemos fallas morales
de algún tipo. Esta nos hace sentir indefensos y que hemos fracasado. Lo
interesante es que, a fin de evitar sentir vergüenza —que puede ser muy
desagradable—, se vivirá de acuerdo al Yo Ideal. Por ejemplo, es común que las
personas que perdieron su estatus y solvencia económica con las recientes
crisis económicas mundiales continúen sosteniendo su nivel de vida, aunque esto
implique endeudarse. La vergüenza las obliga a evitar que los demás se enteren
de la situación que les hace sentir fracasadas ante su Yo Ideal y ante los
demás y, peor aún, las hace sentir “malas” personas. O también es el caso de
las personas con conductas adictivas que viven de acuerdo a su Yo Ideal para no
experimentar la gran vergüenza que sienten por actos que la adicción les
impulsa a hacer, haciendo creer a los demás que son confiables para manejar
dinero o que son parejas fieles y devotas.¹
Conclusión
Es
preciso sanar la vergüenza y la culpa excesivas para disfrutar de bienestar
emocional, por lo que se debe empezar por cambiar las creencias erróneas, tanto
de perfeccionismo como de la necesidad de ser aprobado por los demás, a fin de
fortalecerse psicológicamente y seguir adelante. Dejar de victimizarnos,
dramatizar y satanizarnos es un buen comienzo. Si fuésemos más flexibles y
cambiáramos nuestras rígidas creencias respecto a los errores o fracasos, nos
daríamos cuenta de que la vida simplemente nos presenta experiencias que
conducen al aprendizaje. Identificar las creencias absolutistas respecto a
nosotros mismos y deshacernos del perfeccionismo que tortura permitirá
adaptarnos a la realidad actual y volver a comenzar de ser preciso.

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