POR QUÉ LA MUERTE NO EXISTE Y EL AMOR PERMANECE
Por Bertha Vasconcelos
Cuando las personas que
amamos se van,
nunca realmente lo hacen.
Creo que jamás nos
conformaremos
con su partida.
Todas las personas hemos
perdido a algún ser querido, y si aún no lo has perdido, algún día
irremediablemente sobrevendrá ese momento.
Mi concepto de la muerte ha
cambiado de significado a lo largo de los años. La primera vez que supe de la muerte fue cuando yo tenía apenas 8 años. Falleció una compañerita de mi salón.
Entonces yo no entendía en lo absoluto lo que era morirse. Sabía que nunca más
la vería y solía imaginarme su lápida con una gran foto de ella al frente. A
los 13 años murió mi bisabuela y yo todavía no entendía que era la muerte. Solo sabía que ya no la iríamos a visitar. Pasaron los años y sobrevinieron las muertes de mi abuelo paterno y abuela materna, al verla
de frente, empecé a pensar en ésta. Era muy joven y aun no dimensionaba perderlos. Cómo me gustaría tenerlos ahora. En 1985, las muertes repentinas de mi
hermana y mi amado, ambos en la plenitud de su juventud, resquebrajaron mi ser por
completo. Fue entonces que la muerte empezó a cobrar un nuevo significado para
mí. Para comprender, o más bien, para sobrellevar el intenso dolor emocional,
inicié un profundo viaje interno e investigué hasta el cansancio sobre la
muerte. Quería saber si había algo más allá.
Sin embargo, cuando mi abuela de 90
años falleció en el año 2000, yo aún no estaba lista para perderla. El vivir lejos
de ella rompió mi corazón. No estuve para ella en sus últimos momentos. Después mis tíos, tías, amigas y la mamá de mi amado que murió en 1985, mi suegra favorita. Recientemente mis padres, lo que rompió mi corazón en millones de pedazos. Personas clave e importantes en mi vida se han ido, poco a poco, paso a paso.
Ahora, ya sé cómo es, qué
sigue. Reconozco el choque inicial. El dolor en el pecho, la desagradable sensación de vacío en la
boca del estómago, las ganas de vomitar. Poco después el sentirse
desolado, el no hallarse, el llanto sin cesar, luego toda clase de emociones,
los hubiera, las preguntas, las respuestas que uno mismo se da, el propósito de
acomodar todas las piezas del rompecabezas. Luego la aceptación y la paz. Al
final solo queda el amor. Y por supuesto el extrañar su presencia, su voz, su mirada, su amor, sus
llamadas, las largas conversaciones, sus palabras, sus abrazos o sus besos. Sigue esa monumental tarea de aprender a vivir sin ellos.
Después de tantas partidas, he
llegado a mis propias conclusiones que no están muy lejos de las conclusiones
de los más importantes tanatólogos: La relación con los que parten continúa, no
se acaba. En lo personal, hoy por hoy, el significado que le doy a la muerte me
puede consolar y reafirma mis creencias espirituales. Finalmente es un concepto
muy personal que me brinda paz en los tristes momentos de la separación física.
Es labor de cada persona llegar a términos con el significado de la muerte, la
propia y la de sus seres queridos.
LA MUERTE NO EXISTE
Los seres queridos que parten permanecen
sin duda en el corazón, en nuestra piel, en nuestra mente, como alguien que
ocupó y ocupa un lugar importante en nuestras vidas con sus palabras,
sentimientos, ideas, detalles, acciones, sabiduría, su sola presencia que hacía
el momento más placentero. Perdonamos todo, sus consejos
inapropiados, tal vez palabras que nos ofendieron, en fin, todo aquello que hoy es irrelevante. Y aunque ello venga a nuestra memoria, podemos sonreír al
recordarlo, simplemente como esas tonterías infantiles que los seres humanos
gustamos de hacer y decir sin pensar. En fin, el perdón viene. La
sonrisa se esboza en los labios y el corazón se ilumina.
EL AMOR
PERMANECE
Hay personas que nunca se van
totalmente de nuestras vidas; siempre están. Sentimos su presencia, la cual extrañamos inmensamente. Por eso les hablamos, miramos sus
retratos, les pedimos consejo, ayuda o guía. No, nunca se van completamente. Únicamente
nos adaptamos a su ausencia física, al impedimento de verles y escucharles.
Dejaron impreso en
nuestro ser, su amor hacia nosotros y nuestro amor hacia ellos, lo que
permanece por la eternidad. La muerte no acaba ni puede acabar con el sentimiento,
el recuerdo agradable ni las experiencias compartidas. Todo ellos fueron y
serán parte de nuestras vidas aunque hayan partido a un mejor lugar. El amor
nunca muere. El amor nunca se va. Es lo único que permanece en nuestras vidas.
Y solamente nos queda agradecer a
la vida por el maravilloso regalo de haberles conocido y que hayan compartido
su vida con la nuestra. Porque sus palabras, su sabiduría, en sí, su sola
existencia ayudaron a perfilar quienes somos.
Finalmente su partida es un regalo
para ellos. Para los que nos quedamos, es la oportunidad de poner en
perspectiva y balance nuestra relación con ellos. Es entonces que sentimos el poco o mucho
amor que sentimos por ellos. El recuerdo amoroso nos sigue de lado, en nuestra
mente, nuestro pensamiento y corazón. Todo lo que aprendimos de ellos prevalece. Esta dolorosa experiencia permite poner en perspectiva nuestra propia vida para
formar nuevas creencias. Al dar nuevos significados a lo que ocurrió, nos
reinventa.
Cuando se cierra un círculo,
siempre se abren nuevos círculos. No temas; ábrete a ellos porque la vida está
llena de oportunidades y experiencias asombrosas, como conocer nuevas personas,
experimentar o conocer algo nuevo, retomar aquello que te gustaba hacer, reanudar la amistad con alguien que hace tiempo no
veías, indagar, investigar, saciar tu sed de información y conocimiento. O bien, pedir ayuda porque el dolor emocional es intolerable. Profundizar en el proceso
de la muerte y el duelo ayuda inmensamente al crecimiento.
Finalmente, pienso que todo es un continuo de
algo mucho más grande... tan grande que únicamente vemos una pequeñísima parte de
la vida. Algún día nos tocará a nosotros y comprenderemos el misterio de la vida y la muerte. Solo hasta entonces, tal vez al lado de nuestros seres queridos fallecidos (yo sí estoy segura).
Imágenes del arte de la pintora surrealista Remedios Varo

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