CUANDO EL CUERPO GRITA LO QUE EL CORAZÓN CALLA
Cómo descubrí por qué me enfermé y cómo sané
Por Bertha Vasconcelos
No cabe
duda de que la mejor manera de entender un proceso emocional o psicológico es
haberlo vivido en carne propia y desmenuzarlo en todas sus partes. Como
terapeuta sé que la teoría es fundamental para obtener el conocimiento, pero
estoy convencida de que puedo ayudar mejor a las personas cuando yo misma he
caminado por ese laberinto en el cual se encuentran, lo he trabajado y
resuelto. Mi capacidad para acompañar a otros en sus procesos también depende
de mi propia disposición a mirar mi sombra de cerca y trabajar con mis propios
demonios. No hay recetas, pero los procesos emocionales conllevan rasgos
comunes y espero que este relato te ayude a entenderte mejor.
Esta es
la historia de cómo mi propio cuerpo me obligó a escuchar lo que mi mente
intentaba ignorar y cómo desaté ese nudo emocional.
Yo pensé
que esto había empezado meses antes; sin embargo, a la hora de hacer un
análisis descubrí que estaba totalmente ligado a la muerte de mi mamá, que
sucedió el 16 de agosto de 2023, y también a la pérdida de mi papá en 2019.
Para entender el origen de este conflicto, tengo que remontarme a la historia del lugar donde todo ocurrió: el edificio de mi mamá.
Fue construido y decorado a
fines de 1979 e inicios de los años 80. Cuenta con 6 pisos además del PH. Cada
piso tiene 3 departamentos, excepto el PH, que lo dividieron en 2. Mi papá le
compró a mi mamá este departamento en mayo de 1992 (por la misma fecha de mi
cumpleaños y el Día de las Madres, ¿coincidencia? Yo no creo en las
coincidencias). A los pocos años remodelaron el lobby principal. Con los años,
los condóminos fueron remodelando los pasillos en sus diferentes tiempos; no se
remodelaron al mismo tiempo, como debería de ser para que todos quedaran
iguales. No me pregunten por qué ha sido así, pero en este edificio las cosas
han sido así siempre. Recuerdo perfectamente que cuando mi mami y los vecinos
quisieron remodelar, por ahí de 1993, las otras vecinas no quisieron por
algunas cuestiones familiares. Pasaron los años, y cuando las vecinas
quisieron, no podíamos nosotros por cuestiones médicas de mi mami y porque
requeríamos del dinero. Se pasaron los años y nadie tuvo la iniciativa
nuevamente de remodelar.
El 16 de
agosto de 2023, mi mami lamentablemente falleció o “trascendió”, como dice la
tanatología, término que prefiero usar. A fines de 2024, falleció una de las
vecinas. A fines de 2025, la vecina que perdió a su hermana, quien ya había
estado haciendo remodelaciones en su propio departamento, con gran entusiasmo
me preguntó si quería remodelar el pasillo. La remodelación consistía en un
cambio completo de look del pasillo (excepto las puertas de los tres
departamentos), lo que incluía quitar alfombras de paredes y piso, poner un
piso nuevo, aplanar el techo, colocar 3 lámparas nuevas, cambiar el acrílico de
la puerta que habían roto en una mudanza (y del que nadie se hizo responsable y
nadie pagó), poner placas nuevas de los timbres y colocar un material moderno
encima del mármol anterior. Las tres coincidimos en que deseábamos que todo
quedara igual para los tres departamentos. Me presentó un presupuesto y sus
ideas en fotos.
Me enteré
de que ya habían ido a ver opciones juntas. Hasta ya habían dejado el depósito
para el lambrín que no habíamos aprobado las tres, sino solo dos. Aquí fue la
primera vez que sentí en mi cuerpo una especie de rechazo y desagrado. Porque
si somos tres, las tres tenemos que decidir, las tres tenemos que elegir, las
tres tenemos que tomar decisiones. Obviamente, la respuesta de huir o pelear se
encendió en mi cuerpo y el cortisol inundó mi torrente sanguíneo.
La única
manera en que pude defenderme fue expresar lo que no me había gustado nada y
aclarar que yo tenía que verlo en persona para tomar una decisión. Le dije que
iría a una tienda de pisos que me gusta para ver si encontraba alguno que me
agradara, y la vecina líder del proyecto me dijo que me acompañaba. Encontramos
tres muy hermosos, pero el que nos gustó más se salía por mucho del
presupuesto. Así que optamos por uno cerámico atractivo y las tres estuvimos de
acuerdo viéndolo en físico; como tendría que haber sido desde un principio.
Después fuimos a ver el lambrín y nos gustó otro diferente al que ya habían
escogido ellas dos. Se había hecho mal el presupuesto por las medidas reales
del lambrín, así que nos salimos de lo planeado. Finalmente, se compró otro que
escogimos entre las tres.
Después
de la transición de mi mami, yo no había sentido tanto estrés. Ya no teniendo a
mamá ni a papá —ingeniero, genio de la decoración y la estética—, tenía que
tomar la decisión yo sola. En esos momentos es cuando más se siente la
orfandad: cuando ya no está mamá para confiarle tus sentimientos más íntimos,
sentir su apoyo incondicional y pedirle su opinión; cuando ya no está papá para
sentir su respaldo y pedirle su consejo. La orfandad en el adulto merece un
artículo aparte. Pero como dice Alexander Levy en su libro El adulto
huérfano, mucho de lo que hacemos después de que nuestros padres fallecen
tiene su origen en este fatídico hecho, tan radical y transformador en nuestras
vidas.
Me sentí
muy, pero muy sola al tener que tomar una decisión que para mí era nueva,
porque yo nunca había tenido que remodelar una casa. Había apoyado en pintar y
arreglar una casa o departamento para rentarlos, pero entonces estaban mi
esposo y mi papá. En los últimos años estaba la amiga de mi papá, Laura, broker
de bienes raíces, que se encargó de todo ese tipo de cosas por muchos años.
Para colmo, ella enfermó el año pasado, dejó de trabajar y ya no hay manera de
hablar con ella otra vez. Así que ya no cuento con ella tampoco. Me sentí
totalmente sola y desprotegida; también estoy viviendo la pérdida de Laura.
Esos fueron otros sentimientos que minimicé.
En esos
momentos de reflexión trataba de recordar cómo respondía mi mamá cuando iban a
hacer algo en su edificio. Ella era muy entusiasta y le gustaba lo que hicieran
por y para el edificio. Una forma de honrar a nuestros muertos es hacer lo que
ellos harían, lo que a ellos les faltó hacer. Yo sabía que esto era necesario
por muchísimos motivos, independientemente de lo estético, incluyendo la visión
de mi patrimonio a futuro, por si yo quería rentar o vender algún día. Comenté
entre mis allegados que lo único que lamentaba es que mi mami ya no podría ver
ni disfrutar el pasillo nuevo. Surgieron más sentimientos de nostalgia,
tristeza e impotencia, normales en el duelo. Para algunos es más fácil validar
sus profundos sentimientos de tristeza, pero no para todos.
Poco a
poco se llevó a cabo la remodelación del pasillo. Este proceso duró como tres o
cuatro semanas. La líder del proyecto eligió al maestro de obras; no hubo dos o
tres cotizaciones. La verdad, preferí confiar en que sería el mejor para esta
obra y no poner resistencia, aunque mi amígdala advirtiera una amenaza del
exterior.
Poco
antes de terminar este proyecto, mi vecina me dijo que iban a remodelar el
lobby principal del edificio. Me sorprendió. ¿A quién le preguntó? ¿Quiénes de
los 20 condóminos sabían? Nuevamente se encendió la respuesta de huir o pelear
en mi cuerpo y otro chorro de cortisol fue lanzado estrepitosamente en el
torrente sanguíneo. A mis sentimientos de desprotección y desamparo por la
orfandad, se aunaron la tristeza de la pérdida y el enojo al percibir una
violación a mis límites. ¿Por qué no me había dicho antes que estaban pensando
en remodelar el lobby también? ¿Cómo sabían si yo contaba con el presupuesto
para costear este otro gasto o inversión?
Recordemos
que, al final, no es lo que nos dicen o lo que nos pasa, es lo que hacemos con
lo que nos pasa. Lo emocional es una cuestión estrictamente personal. Todo esto
era nuevo para mí.
Una vez
terminado el proyecto del pasillo, pensé que todo había acabado, pero querían
poner un cuadro y una escultura o florero en un espacio donde antes estaba una
maceta. Escogieron solas nuevamente estos artículos, que no me gustaron. Les
dije que si querían poner un cuadro, al menos fuera la reproducción de la obra
de un artista famoso. Me encargaron que buscara, sabiendo que me gusta el arte,
y encontré una maravillosa empresa que vende reproducciones de artistas famosos
como Monet, Renoir, Van Gogh, etc. Escogí algunos que me parecieron adecuados
para el espacio y eligieron un Van Gogh. Para entonces, ya me estaba siendo más
tortuoso el camino. Después vino la elección del florero, y pude elegir algo
que agradara a las tres. Los tapetes de las entradas debían ser iguales; estos
sí que me encantaron. Obviamente el presupuesto se iba elevando, y se elevó.
No podía
ver el final... y me enfermé de la garganta. Lo achaqué a que vi a unos amigos
que regresaron de radicar en EUA, y fue de lo más feliz volver a contactar. Él
traía tos. ¡Qué casualidad que una vez que llegó el póster y lo llevamos a
enmarcar, me empezó a doler la garganta y las costillas! Alguna vez padecí de
condritis costal (que semeja un infarto) cuando estuve bajo mucho estrés, en la
época en que estaba redefiniendo mi vida.
Las
enfermedades no son estrictamente psicosomáticas. En las enfermedades como
infecciones respiratorias o intestinales es muy fácil verlo: tiene que haber
mínimo dos factores: un patógeno en el exterior y una disminución en el sistema
inmune, claro, debido al estrés. El órgano afectado nos puede dar un indicio
claro de qué está sucediendo en nuestro cuerpo a nivel emocional. Como si mi
cuerpo me dijera "hasta aquí llegué", caí con fiebre en cama. Pasé
dos días y medio sufriendo la crisis de la enfermedad.
Hagamos un resumen:
1.
La emoción como energía bloqueada: Las personas no saben que la emoción es una
energía completamente física; es una reacción fisiológica que se siente en el
cuerpo. Si no la identificamos, validamos ni procesamos, se quedará atrapada en
él. La enfermedad nos está hablando, los síntomas nos están gritando. Cuando
normalizamos el estrés ("estoy bien, puedo con esto"), el cuerpo no
tiene otra opción más que gritar para ser escuchado. En mi relato fue una
cuestión breve, de algunos días, pero también existía el antecedente y un nuevo
contexto: se enlazó con la ausencia de mis papás y de la única amiga que podría
haberme aconsejado.
2.
¿Por qué no escuchamos a las emociones? Existen muchas creencias
erróneas que nos hacen responder de ciertas maneras que no son las más
saludables:
o El mandato de ser fuertes: La creencia de que la vulnerabilidad es signo de debilidad.
o Miedo a incomodar: Callar lo que nos duele o nos molesta para mantener la paz alrededor, sacrificando nuestra paz interna. Ciertamente, algo que le admiré a mi abuela paterna es que siempre dijo lo que sentía. Vivió 90 años bastante sana a pesar de sus achaques de la edad. Ella decía lo que sentía a pesar de que a los demás les podía asustar que fuera una mujer tan directa, sincera y honesta. Hubo quien le tuvo miedo (yo cuando era niña), pero mi abuela no era malvada ni psicópata, simplemente era una mujer asertiva sin filtros innecesarios. Yo trascendí ese temor al crecer y darme cuenta de que así era ella y que me amaba profundamente; me ama.
o Identificar el disfraz del estrés: Se disfraza de autoexigencia, perfeccionismo, necesidad de control, de no saber poner límites o de postergar el propio bienestar por cuidar a otros.
o Falta de herramientas: No aprendimos a estar con nuestra tristeza, nuestro dolor o el enojo sin rechazarlos ni juzgarlos. Aprendimos a reprimir por todo lo anterior.
3. El camino de sanación: aprender a escuchar y hacernos caso. Cuando le damos nombre a lo que sentimos, existe. Si algo no se nombra, no existe. Primero se identifican las emociones que estamos sintiendo en el cuerpo. Por ello es tan importante no solo hablar de lo que se siente, sino también escribir sin filtros ni autocrítica. Después, validamos las emociones en lugar de racionalizarlas o minimizarlas. De ahí podremos poner límites para proteger lo que pasa en nuestro interior.
Pasos
para escucharnos:
- Identificar dónde sentimos
la emoción.
- Ponerle nombre a la emoción.
- Validarla, decirle que tiene razón de ser.
Los sueños también nos brindan claves para sanar. En este caso que les comparto, tuve un sueño que me abrió el camino para descubrir por qué me dolían las costillas. Soñé que venían de visita mi papá, mi abuela paterna, la hermana de mi papá quien fue médico, y a quien en el sueño vi muy joven, alta y la saludaba de beso en la mejilla. También andaban por ahí sus dos hijas, mis primas. Y otras dos primas del lado materno. Me regalaban un collar cada uno. Mis primas maternas además me daban un collar cada una que habían traído de Oaxaca. Lo más curioso es que los collares formaban como un escudo al frente, porque los últimos collares muy singulares que me daban me cubrían totalmente el torso.
No es
casualidad que con esta infección desarrollé una condritis en el área de las costillas inferiores
(tanto al frente como en la parte posterior), formando, por así decirlo, una
coraza; como un escudo de protección a mi corazón y mis pulmones, que son los
órganos que me mantienen viva. Sin la protección y amparo de mis papás, me
sentí totalmente expuesta y vulnerable.
El
proceso de sanación para mí es un proceso de iluminación: es como que de pronto
veo claro lo que antes no veía, o de lo que solo veía flashazos de diferentes
informaciones que llegaban a mi espacio pero no los podía integrar. El proceso
de sanación ocurre cuando puedes integrarlo todo. Como todos, he pasado por
procesos de sanación —desde una gripe, una diarrea o una pancreatitis, hasta el
covid— y todos dan el mismo resultado al sanar: el cerebro se ilumina.
Ahora me
da risa mientras escribo esto porque ya sané. Me siento liberada, sin un gran
peso de encima. Las emociones bloqueadas me estaban absorbiendo mucha energía.
En este caso, me desbloqueé y pude escribir un artículo completo. ¡Me sentía
bloqueada para escribir desde que mis papás trascendieron!
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